· Crónica de la Gala Flamenca que homenajeó a la mecenas en el Teatro Lope de Vega de Sevilla



· Antiguos alumnos de la Fundación protagonizaron un brillante espectáculo en su honor

Primero, hubo que desmentir la canción. “No es cierto que 20 años no sean nada. Son mucho, cuando son 20 años de filantropía, de altruismo, de mecenazgo, de esfuerzo desinteresado por formar a jóvenes artistas”. Así expresó Fernando Iwasaki, director de la Fundación Cristina Heeren, el motivo del homenaje que a su fundadora y presidenta brindó la Cámara de Comercio de Sevilla en el Teatro Lope de Vega el pasado viernes 29 de enero de 2016. Los representantes de la institución empresarial, con la entrega de la distinción, elogiaron “sus valores de conservación, enseñanza y promoción del flamenco, beneficiando a jóvenes talentos de todo el mundo, propiciando una salida laboral y artística de sus alumnos”, lo que la hace “acreedora del reconocimiento más unánime y caluroso de la comunidad sevillana”. La homenajeada lo recibió con agradecimiento y una confesión: “Ni en mis sueños más locos podía imaginar que iba a estar yo en este escenario agradeciendo un homenaje”. 

Cristina Heeren comenzó su discurso, compartiendo “este honor con el magnífico equipo con el que he podido contar y con esta tierra, Andalucía, que nos ha regalado este arte único”. La mecenas reflexionó ante una audiencia de artistas, empresarios, periodistas y diversos agentes de la sociedad sevillana: “Los proyectos se plantean, se estudian, se concretan y luego vuelan por sí mismos de manera imprevisible, hacia la expansión y el enriquecimiento”. Y recordó sus orígenes: “Un día, José Luis Postigo formuló una idea, una escuela donde se enseñara el baile, el cante y la guitarra, así como la historia del flamenco, bajo un solo techo, y aquí estamos cumpliendo 20 años. Así fue como mis amigos José Luis Postigo, Milagros Menjíbar, Calixto Sánchez, José de la Tomasa y yo, creamos en 1996 un centro de enseñanza completa del flamenco”. En sus palabras, presentó la gala flamenca que, con su dirección artística, produjo para la ocasión: “Lo que van a ver esta noche es apenas un muestrario del trabajo que han desarrollado los maestros con los alumnos” en estas dos décadas. No sin antes honrar la memoria de “dos grandes ausentes, dos maestros queridos e inolvidables, Naranjito de Triana y Manolo Soler”. Un recuerdo que el director de la Fundación amplió a antiguos alumnos y patronos que ya no están entre nosotros pues, como ilustró, “ellos son los muertos de nuestra felicidad”. 

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Gala Flamenca Homenaje a Cristina Heeren © Félix Vázquez


Una felicidad que impregnó la gala flamenca en la que participaron generosa y desinteresadamente treinta jóvenes artistas, antiguos alumnos de la Fundación que hoy brillan como profesionales, tanto en el alante como en la retaguardia, así como algunos estudiantes aventajados aún en proceso de formación. Argentina abrió la gala cantando una enjundiosa caña, flanqueada por los guitarristas Pedro Barragán y Carmelo Picón. Le tomó el testigo el también onubense Jesús Corbacho, pregonando flores en el arranque de una ronda de tonás que selló con la proclama “¡qué grande es la libertad!”. Y se le sumó Jeromo Segura para, mano a mano, alentar el baile de Antonio Molina ‘El Choro’ por seguiriyas, equilibrando sigilo y fortaleza. La guitarra sofisticada y aérea de Manuel de la Luz trajo por aire la soleá, apenas sugerida. Laura Vital trajo la rosa en forma de brisa, abriendo camino a las alegrías, cantiñas y romera que, azuzados por los cantes de Vicente Gelo y Manuel Romero, y los toques de Javier Gómez y José Manuel Martos, salieron a bailar el vibrante gaditano Alberto Sellés, la magnética peruana Manuela Barrios -con cegadora cola blanca- y la novísima mexicana Carmen Young. Uno a uno, todos a una. 

Pero si hay un cante que se estudie con especial mimo en la Fundación, es la soleá. La de Alcalá la dijo, ralentizada y tenebrosa, Lidia Montero. La de Triana, la bailó Luisa Palicio con toda su grandeza y solemnidad, con su cola negra bordada de rosas, cantándole en pie su paisana malagueña Virginia Gámez, quien formó luego trío vocal con Ana Gómez y La Divi. El contrapunto gozoso lo puso Lucía la Piñona, epilogando el episodio por soleá por bulerías. Y aún sin recomponerse el teatro del trance, hizo aparición Niño Brenes. Blandiendo la sonanta por granaína, sujeto a la tierra con firmeza, levantó al respetable de sus asientos. Lo mismo que María José Pérez, que avivó la llama de su lámpara para reivindicar su reinado en tierras mineras, acompañada al toque por uno de los últimos descubrimientos de la casa, el mairenero Jesús Rodríguez. De la taranta a los tangos, sólo hay un giro. Bien lo sabe Rocío Bazán, que interpretó los de La Repompa con sabiduría y braceo, acompañada por el De la Luz. Jeromo Segura se los llevó a Triana, acordándose de su maestro Naranjito, con su cosita vieja y sus muchas tablas. Y los cerraron hermosamente a tres voces, Pérez, Bazán y Segura. Tres cantaores, tres compañeros. La estampa final no se hizo esperar. Tras un dulce preludio por malagueñas de Sonia Miranda, embellecidas por la guitarra de Pedro Barragán, Manuel Lombo regresó a su origen flamenco para cantarle en pie a Luisa Palicio, que volvió con el mantón a continuar embrujando. Y apenas la brillante pareja congeló su estampa, irrumpió la fiesta por bulerías, sumando a la populosa escena a las bailaoras Beatriz Rivero y Luna Fabiola. El júbilo. El reencuentro. El compartir. Todos a una, todos con todos… todos con/por Cristina Heeren.


Crónica por Silvia Calado

Foto de portada © Danielmpantiga.com


Galería de fotos © Félix Vázquez

 

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